Agz me comentó sobre este poeta, y como ando medio lelo para escribir, les dejo una que me gustó bastante
En el corredor del Hospital
En el orden frío la escena
estaba prevista: una puerta se abrió en el corredor
como una respuesta decisiva. Una enfermera
aleteó; el médico
se desentendió del mal absoluto
al sacarse los anteojos.
La banalidad de la desgracia, este olor
que nunca olvidaré. Una mujer aulló
en alguna parte, como una vida
saltando de su eje. Y el recién muerto
-ese corto circuito en el sistema-
-gozó una especie de continuación.
Hasta que las sábanas otra vez se alisaron
y todo volvió a su propia burocracia.
“had a sign in my hand cause the time were no good” The Hives – A little more for little you
Con pereza, después de una noche cargada de horas, pesadillas y destemplanza, logré abrir los ojos y aprestarme para salir adelante, paso a paso, por el resto del día. La habitación me recibió con tu ausencia cínica, de horrores vedados que se anidan en lo profundo del ama, y en el techo dibujaba sombras grotescas, reflejos de una vida que corría detrás de las paredes que daba por sentado durante un tiempo me serían infranqueables. Tomé este cuaderno y redacté las primeras notas de la mañana, ajeno a lo que marcaba el reloj detrás de mí. El silencio contemplaba sobre el calor que se iba amontonando debajo de la puerta.
Escribí un par de boludeces que terminaron tachadas. Ninguna idea terminaba por cerrarme, por muchas vueltas que les buscara, y desistí. Dejé el cuaderno sobre el lugar que ocupaste durante tanto tiempo a mi lado, con un pensamiento que se me venía de fomra recurrente a la cabeza: EL fragmento de una canción que tiempo atrás nos había parecido espléndida y que ahora me resultaba, en particular, desagradable y que, desde tu ausencia, se me hizo presente durante todo este largo día.
Insalvable. La puerta, la pared, las ventanas, el ruido colmando cada rincón, escurriéndose entre añicos amontonados y desparramados a lo largo del todo. Es difícil lograr diferenciar esta tragedia de todas las anteriores, de todos los escollos superados, de tantas mañanas acontecidas; de este mutismo escultural de paredes mudas y pasos resonantes. ¿En que momento el declive de la vida nos llevó a esta posición, conmigo en este lugar muerto y a ti entre ensoñaciones esquivas de noches tormentosas?
Decidí salir y vivir un poco. Tratar de superarte, aunque más tarde me di cuenta que no estoy escribiendo un diario, sino más bien una carta larga, como si estuviese tratando de mantener ese vínculo inexistente que antes nos había unido. ¿Por qué escribir “te” en vez de “le”, por ejemplo? No lo sé. Me siento cómodo hablándote desde esta distancia que ahora pone un mundo de diferencia entre esta persona torturada que estampa su vos sobre el papel y vos, que puede que me leas o no, dentro de días, meses, años de diferencia. Por esa razón, creo, escribo este soliloquio eterno, como si hubiese alguien del otro lado que me estuviese escuchando y fuera capaz de estrecharme en un abrazo, como tantas veces lo habías hecho antes. Tal vez tener tu recuerdo presente y la esperanza de tus brazos son las respuestas.
Son costumbres difíciles de erradicar, las del desolado.
Salí a la calle, prometiéndome no flaquear al cruzar las esquinas donde supimos encontrarnos y perdernos, pero algo dentro de mí sabía que estaba dispuesto a subir escalones, torcer calles y recordar portales, en busca de la nostalgia y a la vez movido por ella. El mensaje de un amigo había sido el catalizador y fui derecho al bar. Derecho, si no se toma en cuenta el laberinto de edificios y pasajes que recorrí con nada más que vos dentro de mi cabeza.
Dios. Tengo que sacarte de encima. ¿Ves porque no sirve de catarsis escribir sobre eso? Para sacarte de encima mediante las palabras debo llevar el dolor al límite difuso de mi piel, sudarlo e impregnar las hojas y el aire con el aroma pestilente del sufrimiento. La única forma de llegar a esa extrema agonía es llorando cada gota y dejarme caer ante tu presencia etérea y onírica. Tengo que liberarme de ti, pero este catalogo de días y torturas es más fuerte de lo que en realidad aparenta.
Me encontré con Alejo en el bar en que nos habíamos citado. Él estaba en la misma desesperada situación en la que yo me encontraba, pero no parecía ser tan urgente, aunque en su cara pude ver ciertas reminiscencias con el hombre amanecido ayer en el espejo de mi casa. Nos estrechamos en un abrazo fraternal y tomamos asiento, detrás de humeantes tazas de café, puestas ahí por las temblorosas manos del mozo. En sus gestos había cierto temor, como si fuéramos presagios de una terrible enfermedad. Yo, en cambio, lo reconocí ya preso de la misma dolencia que cada vez parecía tener más adeptos. Debe ser que en lo rostros de una ciudad tendemos a poner nuestros propios malestares.
Conversamos largo rato y al café terminaron sucediéndoles platos de comida, un par de cervezas y otro café, como postre. La luna se alzaba sobre el perfil iluminado carente de estrellas cuando nos despedimos, ambos dolidos por las tragedias del otro y sufriéndolas sobre nuestras pieles. Las calles estaban curtidas del paso de los autos y enajenaba todo sonido a una mezcla aturdidora, indiferente a cualquier oído. La ciudad estaba muerta bajo la noche que se acontecía.
Volví a casa, preso de la urgencia del agua de la ducha. Todo se estaba convirtiendo en una acto reflejo, excepto las notas tomadas a las apuradas en todo: boletos, servilletas, tapas de cuadernos, hojas de diario, folletos, libros. Incluso mis brazos tenían trazos apenas visibles de letras y palabras, productos de algún aforismo o reflexión de último momento. Pensé en la música que escogería para el primer día de lo que estaba decidido sería el resto de mi vida, aunque cayera ante el defecto impostergable de pensar en ti y en la ausencia que te venera.
Por una ventana abierta a las calles vacías y dormidas del barrio, emergía la voz de Ricardo Arjona entonando una canción melosa, que parecía cargar con una verdad inequívoca y certera. Un tono dulce, femenino, de adolescente lo acompañaba, y podía imaginarme las muescas que hacía enfrente del espejo, moviendo las manos siguiendo el ritmo harto pegadizo. Me acordé de otro abandono similar y pensé en como parecía repetirse todo de vuelta.
Cargado de violencia, suspiré por lo bajo. Eso si que estaba como para cortarse las venas.
Ni el lunes ni ayer hubo ficción en los canales de aire porteños y la pausa se mantenía hasta la tarde de ayer, cuando se reunieron los representantes de la Asociación Argentina de Actores en el Ministerio de Trabajo para tratar de llegar a una solución al conflicto desatado entre los Actores y la Cámara empresarial de productoras y canales de televisión.
“El conflicto es estrictamente laboral y estamos convencidos de la solicitud de 8 horas y 45 minutos de grabación, en lugar de las 11 que vienen usando los empresarios de la televisión para la grabación de tiras o unitarios”.
El conflicto, según aclararon los delegados, se mantiene en torno al desacuerdo que “todavía persiste” y por el cual se realizó la reunión en la cartera laboral con todas las partes involucradas. “También está el tema salarial pero allí no hay tantas diferencias”.
Ahora…. Si con 11 horas de grabación no son capaz de hacer algo como la gente, se imaginaran lo que seria con 8? Mientras, en GH, trabajan full time y nadie hace bardo por eso. Y si argumentan que GH es la <>, prefiero quedarme con el Second Life…
“In the neon sing scrolling up an down i am born again” Radiohead – Airbag
No haré referencia al hueco vacío que dejaste en la pared de la casa. Al extraño espacio libre de mugre y de cosas donde supieron estar tus libros, tus cds, tu ropa y todo lo demás. No diré nada del vaso con agua un tanto podrida y el plástico resquebrajado donde tu cepillo de dientes, por alguna razón, dejo de bailar esa extraña danza de compañía indolora que llevaba a cabo con el tubo de dientes y con el otro cepillo, el mío. No diré nada de nada, más allá de lo dicho y de lo que intuye el lado izquierdo de la cama, donde aún están las manchas de saliva resecas sobre las sabanas.
Te has ido. Te has llevado todo lo tuyo, excepto el disco que ahora escucho, en parte porque es un discazo, en parte porque era tuyo, en parte porque es el soundtrack perfecto para esta desolación de huellas apenas dibujadas entre el polvo del piso.
No estoy haciendo catarsis con esto. No te creas. Ya he llorado, he implorado, he aceptado la vergüenza y la humillación con tal que te quedaras. Lo había hecho antes y no hubiese cambiado nada que lo hiciera o no de vuelta. Pero, dentro de ese patetismo acto de tozudez, algo dentro de mí decía que tu decisión sería irrevocable. Por eso sé que aún tengo lágrimas por llorar, ruegos que implorar y campos que atravesar arrastrándome sobre vaya uno a saber que inmundicia.
No creas que estoy haciendo catarsis con esta oda al pasado. Esos tiempos han pasado. Ese día fue ayer, y en mis oídos resuenan los gritos desgarradores de la madera quebrándose bajo el peso del hacha cayendo una y otra vez sobre vaya saber que mueble. Trato de no recordar, porque tengo ese veneno maldito corriendo por mis venas, y tengo miedo, en forma de una sensación desconocida, de que el camino sea más largo de lo que se atisba. También llevo la certeza de que así es.
Aún no me he levantado de la cama. Estoy inclinado sobre mi cuaderno de notas, garabateando sobre el papel, esquivando las huellas pesadas y húmedas de las lágrimas. Demasiadas cosas no me cierran, revuelven mis pensamientos y juegan con los haces de luz que entran por la persiana. Es una luz mortecina, de ocaso o de amanecer. De las dos cosas, de una sola. No me importa. Ilumina mis piernas estiradas debajo de las colchas, las almohadas desgarradas y contenidas en mil abrazos, los rastros del lloro, la presencia del dolor.
Te fuiste, y yo sigo aquí, como un espectro imperturbable. Te llevaste todo lo que pudiste en ese momento, incluso hasta algunas cosas mías. Pero eso no importa, porque te olvidaste de algo demasiado importante. Tu sombra. La maldita sigue aquí, estupefacta como yo. Una noche fugaz y errante entre los ecos que rebotan en las paredes del living y del comedor, entre las risas y las discusiones. Quisiera que se fuera, porque no sabe que hacer y se acurruca junto a mi, bajo esta iluminación ensoñadora, para que la cobije. Y eso me cae para las pelotas. Honestamente.
El teléfono suena. ring ring ring ring. Pero no voy a contestarlo. El nudo que tengo en la garganta creo que es imposible de destrabar y va a seguir estar estando ahí un tiempo. ring ring ring ring. El silencio hace que suene con mayor fuerza, como si fuese inexorable y sí o sí tuviera que contestarlo. Puede ser algún amigo, pero en este momento no me siento con las fuerzas como para recibir palabras de aliento, nomás. Necesito un sustento veraz. Algo que me ayude a ponerme de pie y sostenga mi cabeza en alto. Que me de vida. Que me mueva y que me despierte.
ring ring ring ring… clank…
Así suena un teléfono estrellándose contra la pared, mientras la música suspira this is what you get, this is what you get, this is what you get, when you mess with us. Suena clank y un instante después queda callado. Aproveché entonces y fui al baño. Encontré a un desconocido sucio, algo barbudo y con ojeras indescriptibles. Un desecho demasiado humano, al que reconozco como propio. Es sombra, reflejo y esencia.
Ladridos a los lejos. Este día recién empieza en el mundo y para mi parece incluir demasiado finales. No se si podría soportar esta noche que ha llegado durante demasiado tiempo. Pienso en eso y las lágrimas del espejo me conmueve. La canilla suelta el agua que corre hacia el desagüe en una carrera infinita y no queda otra que mirarse, con la furia en los ojos, las venas rugiendo y el cuerpo transformándose ante la derrota.
El mundo sigue su curso y me quiere dejar atrás, preso en las trampas de arena que traman el tiempo y la mente. Las sombras se mueven, se agrandan y se achican. Los objetos cambian su apariencia y quieren enajenar mi alma de esa posibilidad de transmutarse con el paso de las horas. Hay dolor, sí, en cada centímetro de mi ser. Pero bajo la mañana, me doy cuenta que algo más corre por mis venas. Algo más vertiginoso que hace que la lapicera con la que escribo siga a duras penas el ritmo de mi mente, de mi alma, de mi esencia. Algo que se ve surgiendo como una catarata de esperanza entre el hueco limpio, virginal, desdichado de la pared donde había vaya a saber que mierda que te llevaste. Siento que sé el nombre desde el principio de los tiempos, pero que recién ahora despierta. Espero que sea eso lo que me hace mover, entre los pasos desdibujados sobre el polvo y el hedor del abandono.
Espero que sea lo que hace mover a la gente en los tiempos de extrañeza y sinrazón. Espero que lo que late en mis venas no sea veneno, sino la ansiada Euforia.