I
En mi cabeza una frase iba y venía, dispuesta a arruinarme toda la noche, por lo visto. En mi cara se debe haber notado eso, porque ella, sentada a tan sólo un metro, dos platos, una panera y una botella me miraba algo sorprendida.
- ¿Pasa algo?
“En la ciudad donde arden todas las efigies”, pensaba. Puta frase. Putas efigies. Puta ciudad.
- No. Nada. ¿Por?
- Por nada, sólo que pareces algo distraído.
- Y bueno, vos sabés. Yo soy así. Distraído.
Y sonrió. Encima de bancarme preso de una maldita frase, aburriéndola y bastante disperso tratando de hilvanar una conversación sin quedarme estancado contemplando la liviana prisión de su escote, ella sonrió desplegando todo el encanto que labios tan preciosos podían contener.
Puta noche. Puta frase. Sentirme acorralado por siete palabras malditas que no significaban nada ante la mirada atónita y divertida de una preciosura de ojos celestes. Un trago de vino para apurar las cosas. Tal vez para apurar hasta el paso de las estrellas.
Un brillo esperanzador en sus ojos y fuertes cartas en la mano. Una mesa digna de apuestas y omisiones. Los diálogos repetidos y una promesa de despertares ajenos en cada palabra. ¿Cuan temprano era para hacer saltar la banca?
- ¿No te hartás de repetirte?
Ella ensayó una pregunta que no me atreví a responder. Muchas veces era así. Me disparó a quemarropa y yo dejé herirme para que tirado en el asfalto sólo el peritaje pudiera saber cual había sido mi respuesta.
- La verdad que no. Siempre es mejor repetirse que a callarse.
- ¿Vos creés?
- Sí.
Por enésima vez, tus ojos sonrieron y tu cuerpo se agitó ante la misma respuesta. Ante la misma parodia. Me miraba y yo sabía que me miraba, pero no estaba por ahí. Mirando hacía un costado perseguía el futuro esquivo del culo de la moza y una perdición envuelta en pesadilla.
Cuando su mano tocó mi brazo y mucho, mucho antes que mis manos bajaran por ella, ya estaba ensayando las excusas. Siempre es mejor repetirse que a callarse. Y repitiendo se termina perdiendo el verdadero peso de todas las cosas.
La tentación viene siempre disfrazada de pleno al 28 negro. Tarde o temprano la apuesta pega y uno cobra 35 veces. Sólo que hay ruletas con sólo el 28 grabado. Ella y yo éramos de esas.
Quedaron dos botellas vacías, una panera a medias, una cuenta y dos platos apenas cenados. Nunca fue de su ambición (ni de la mía) leer entre líneas. Todas las promesas hicieron para cumplirse. Mi invitación y la de su vestido, mirada, gestos, cuerpo (puede que se me haya pasado alguna) siempre se supieron aceptadas.
En mis oídos su saliva susurraba un cuento que mi mano ya leía. La precipitación de las horas en una ciudad donde las efigies arden. Sólo en esas cenizas latía algo que fuera más perdurable que ese ensayo de catástrofe. Un ensayo que era obra, y que el tachero disfrutaba.
Compártelo
April 25th, 2008 |