15 Minutos A Solas: Tropezar, para levantarse, caminar… y tropezar…

Hoy quería sentarme, dentro de este infierno arquitectónicamente deforme, y pensar en desandar la trama compleja de algo que tenía en mente. O, tal vez, avanzar un poco en la, que se me hace siempre complicada, lectura de “Adiós a las Armas”, de Ernest Hemingway. ¿Quién les dice?. Hasta haber prefacturado y haber atendido con todas las ganas, podría haber hecho, como trato de hacerlo todos y cada unos de los días que me toca estar sentado aca.

Estaba de buen humor. DE MUY BUEN HUMOR. Sobre todo si tenemos en cuenta que de las vacaciones (pedidas para la primera quincena de enero y todavía seguimos acá, en la tierna espera), ni noticias; del sueldo de diciembre, ni la más pálida idea (y no indaguemos sobre los aguinaldos, adeudados desde diciembre de 2006), y de la deuda que tienen los buenitos (léase como “recalcados hijos de grandes putas. Bien merecidos van a tener el infierno, la san concha de sus putas madres”) muchachos de la gerencia con nosotros, la plebe.

Aún así, estaba de buen humor. Febrero pinta complicado, para que mentirles: Facultad, vivir en el interior, deber materias del secundario y un trabajo de 8 horas mal pago, no es un panorama alentador, pero lo mismo, esperaba ese mes con buena cara, porque significaba empezar “en serio” el 2008. Gente nueva, de vuelta la experiencia de la facultad, las expectativas que iban tomando forma, dejar atrás un fantasma inmundo como el secundario. Por eso estaba de buen humor: las cosas iban tomando forma, lentamente cayendo en un lugar certero, como si de un juego de tetris se tratara. Es más, tener franco este fin de semana (ahora, mañana, ahí a la vueltita de las doce del reloj), hacía que el reseco césped donde estaba parado pareciera un poco más verde. Pero…

Lo aburrido que sería el mundo si no tuviera “peros”…

Vamos a ir por partes, más ahora que este año me prometí ser organizado y metódico: Enero no me gusta. Me parece un mes de mierda desde que era chiquito, cuyo únicas cosas salvables eran la llegadas de los reyes. But, guess what?. Crecí, y cambiaron las perspectivas de las cosas. Los reyes son sólo el día en que faltan y pasaron seis meses para mi cumpleaños y es, por default, el cumpleaños de Martín. El resto: Un mes aburrido, caluroso, donde Córdoba se vacía y no hay una mierda para hacer por ningún lado. Excepto, estos últimos años, trabajar, primero en la distribuidora y ahora desde donde ensayo estas últimas palabras, porque gracias a Dios se acaba.

Este año, decididamente, lo comencé con el pie izquierdo, por el tema de las vacaciones y otras circunstancias personales que no vienen al caso porque ya las discutí con quienes consideré necesarios discutirlas. A esas personas, mil gracias. Tenía planes para las vacas, que, por razones obvias, se fueron al caño. Es incompatible ir de viaje y estar en la guardia, atendiendo gente (sudando porque la administración del Hospital Español Medical Plaza S.A. decidió violar toda normativa contra incendios y soldar las ventanas de la guardia, convirtiendo este puto lugar en un maldito infierno), sobre todo en el aspecto físico y si se da al mismo tiempo. Entonces, decidí postergar el viaje, aunque por la fecha elegida hubiese tenido que reducir la duración del viaje debido a motivos estudiantiles. Lo mismo, quería hacerlo, aunque fuese estar dos días.

Por otro lado, en lo que se refiere sentarse y escribir, o recostarse y leer, fue un mes más. Libros que pude leer (Varios) y algunos que me resultaron imposibles (Faulkner, por ejemplo), y que me sirvieron para tomar ideas y replantearme algunas cosas, y buscar experimentar algunas cosas nuevas, tanto en el tema de la escritura como de forma personal.

Todo venía así. Intrascendente, de verdad, dentro de lo que enero ya me tiene acostumbrado, hasta el día de hoy, el leiv motiv de estas palabras.

El ocho de enero presenté, a la gente de la mal llamada y pésimamente aplicados “Recursos Humanos”, una nota, “a los efectos de solicitarle cambio de turno a partir del 1º de febrero del corriente año, por motivos estudiantiles”. Así, burocráticamente hablando, les dije que en febrero cambiaban mis prioridades. Fui a la oficina, presenté la nota y mi vida siguió el curso normal al cual enero me tiene acostumbrado. Para ser honestos, mucho no me sorprendió que la gente de recursos no haya movido el orto para ver las soluciones que, en teoría, les tendría que aportar al empleado. Lo sucedido con las vacaciones me había dado ya un triste antecedente.

Pero, que se yo, ilusamente (ponele) esperaba un gesto de buena voluntad por parte de esta gente. Llegar hoy al trabajo y enterarme que en febrero, si queríamos vacaciones, íbamos a tener que trabajar 12 horas o dobles turnos, además de que (a ver si adivinan….) no me iban a cambiar de turno, lo que produciría una nueva incompatibilidad entre mis horarios (Facultad, de 14 hs aproximadamente hasta las 21 hs, entre el cursillo y la carrera en sí, y trabajo de 14 a 22hs, todo el mes incluido feriados, excepto siete días al mes, que en febrero iban a ser seis), y encima que no iban a pagar el sueldo que nos tendrían que haber pagado hace dos semanas, me hizo plantear seriamente unas cosas a la oficina de recursos, donde la srta. Belén Avaca se excusó de su incompetencia y la de su oficina, alegando que “ya muchos problemas les había causado”.

Veamos, entonces, que problemas me han causado ustedes, Srta. Avaca y gente del aparato administrativo.

Cuando me pasaron del turno noche a trabajar a la tarde, ni se me consultó si de algún modo eso interrumpía algunas actividades que yo estuviese llevando a la tarde. Solamente, me informaron que, desde el mes siguiente, mi horario era otro. Y mis proyectos para esa mitad del año, quedaron de golpe truncados. ¿Me oíste quejarme? No. Cuando la gente del turno tarde me preguntó si yo podía pasar a la tarde, les dije que no, porque tenía ya mis cosas organizadas. Pero lo mismo, les pasó por el forro de las pelotas, al igual que otras tantas cosas. Alegando que iba a tener que renunciar, me terminaron por pasar. Me pidieron ser “un buen compañero” y lo fui. Lo mismo me pidieron las veces que tuve que cortar salidas porque ustedes no pagaban o porque mis compañeros me dejaron clavados en otros turnos, y yo, de boludo, lo fui. Y ahora, cuando yo pido que ustedes sean buenos compañeros, que me ayuden a desarrollarme profesionalmente (recuerdo muy bien que me hicieron firmar un reglamento en donde ustedes decían que el desarrollo del personal era lo más importante, pero no puedo alegar nada, ya que ustedes todo lo firmado se lo pasan por el culo), empiezan a decirme que tal, que cual, que no se puede.

Así que, ¿saben que?, por mi pueden irse bastante bien a la mierda. De ustedes, ya no tengo ni esperanzas de cobrar una parte de todo lo que me deben. Y ni hablar de meterme en un juicio desgastante para cobrar una pequeña plata que, por más que me haga mucha falta, no me va a servir para mucho, en vista de gastos que provocaría una demanda judicial y etcétera.

Les aviso, nomás, que desde el cuatro de febrero, yo a la tarde no voy a estar disponible. Va para Víctor, Nati y Pablo, también, para que vayan organizándose y puteandome, si quieren. No es mi culpa, sino la de los pelotudos que alegan ser quienes se preocupan por nosotros.

Y si no les gusta, pues, por mí tranquilamente se pueden ir de vacaciones al mismísimo canto que forman sus dos cachetes del culo. Es más, si quieren, les cedo mis semanas de vacaciones. Así de paso se las pierden por el hueco por donde no entra la luz del sol, saben?

January 24th, 2008 | 2 dijeron algo

15 Minutos A Solas: El arte de hacer catarsis

No soy de hablar mucho sobre lo que me pasa o deja de pasarme. Siempre trato de hacer de este blog algo cuyo único contacto tenga con mi vida diaria sean mis intentos de producciones literarias. Por eso, una parte de mi se resiste de sobre manera a escribir estas líneas, juzgándolas de innecesarias, porque apuntan a un objetivo específico y, dentro de todo, bastante trivial, como es el problema que parece competerme.

Voy avisando que esto no es ninguna campaña de marketing viral, onda la de Alejo, su jefe, las firmas y una marca de fernet que busca posicionarse, aunque el trasfondo tiene bastante en común con esto que me está pasando. Con esta mierda que me carcome y saca a relucir, de 14 a 22, lo peor de cualquier persona.

Odio, pero odio, mi trabajo. Con todas las células de mi ser y cada atisbo de voluntad que pueda contener este cuerpo. Odio tener que tragarme dos horas de viaje para ser despreciados por personas que, al fin y al cabo, tienen razón en criticar un sistema de salud decadente y con miles de errores, del cual yo soy la cara. “Carne de cañón”, dirían las novelas militares de Tom Clancy, o “Puesto de Avanzada”, en una terminología militar más específica. Pero la cuestión no pasa por los pacientes ni por sus achaques imaginarios o reales (hay muchos de ambos), ni por el servicio de emergencia que rompe las pelotas todo el santo día para conseguir una cama o derivar pacientes. No, no es culpa de ellos, como tampoco siento que sea culpa mía.

“¿Por qué seguís trabajando ahí?”, preguntará más de uno. A decir verdad, a un año de haber empezado a forjarme un destino laboral mediocre e intrascendente, creo que es más por costumbre que por otra cosa. Hay cierta comodidad ya en estas paredes, hay una familiaridad en algunos rostros y sonrisas cómplices en algunos nombres. Todo esto, que ahora desprecio y que tengo ganas de partir a hachazos, forma parte de una persona que lo reniega, y que quiere deshacerse no solo del inmueble de ventanas soldadas, sino también de lo que ese sistema, esa estructura infame que privilegia lo económico sobre lo humano, ha hecho de mí. No hay otra alternativa, por lo visto, en un mercado saturado de oferta pero carente de demanda. Tantos trabajadores como empleadores son víctimas en estos mecanismos siniestros de selección.

Me da vergüenza sentir que he perdido muchas de mis cualidades. Ya no siento compasión por una persona de edad avanzada, que a duras penas puede caminar. Mejor dicho, no siento compasión en el sentido de moverme a ayudarla, antes que dejarla quieta en ningún lugar. Eso me enferma. Me hace sentir horrible ver como antepongo concepciones ideológicas, que no comparto, sólo por el hecho de mantener un puesto de trabajo. Me da asco ver esa ortodoxia hospitalaria, ese dogma capitalista que a la fuerza nos imponen un sistema de auditorias y gerencias de médicos que promulgan el pensamiento de que “un hospital tiene que funcionar como un supermercado. Si no hay plata, no se atiende”. ¿Qué pasó con la persona que hace un año habría tendido una mano y habría levantado su voz para hacerse oír, que recriminaba las falencias del sistema que ahora comparte?

Odio eso que me hace quien soy. Aceptar vestir este traje, formado por gerenciadoras, obras sociales y compañías de seguros que anteponen su capital antes que la salud de un paciente, ha sido tal vez el peor error de mi vida. Y ahora que estamos llegando a las fiestas, es lo único que siento que debo “balancear”.

A cualquier paciente que lea esto y que se atienda en cualquier hospital, en nombre de la mayoría de los secretarios, les doy las gracias y les pido disculpas. Primero, por, de algún modo, contribuir al sueldo que nos pagan (cuando nos pagan, vale aclararlo); y lo segundo, por la forma en que lo tratamos, como si usted fuese el culpable de todo lo que nos pasa.

Admito que ciertas preguntas pueden formarse en la cabeza de todos quienes estén leyendo estas líneas, porque a mi también se me han formado. Varios “cuales”, “porques”, “comos” y “cuandos”, como a mi. No entiendo como pude observar primero, con tanta pasividad esto, y ahora tener el enojo, la furia para levantarme, pero verme atado (por un sueldo y una responsabilidad) a este silencio que de este modo (virtualmente anónimo, circunspecto a quienes caigan por azar aquí o que busquen deliberadamente una razón para despotricar) trato de romper. Es una manera de reivindicarme, creo, por el mal que podría haber llegado a hacerle a muchas personas, ya sea recibiéndolos mal, o desatendiéndolos por necesidades más “lucrativas”.

Pero hoy, maldito jueves 20 de diciembre (seis años de los históricos cacerolazos y del después desoído “que se vayan todos”), sentí caer en mi vaso, mi pequeño vaso que tantos torrentes creo que ha contenido, la fuckin’ gota que prologa estas palabras.

Primero: Por enésima vez en el año, nos han metido la mano en el culo. Lisa y llanamente. A esta altura del mes (empezando la segunda decena y a cinco días del comienzo de las fiestas), todavía no hemos cobrado. Sí, tan simple y literal como se lee ahí arriba. De los esfuerzos hechos durante el mes de noviembre, no hemos visto un solo centavo. Y ni hablar de cobrar los aguinaldos, que se adeudan desde diciembre del año pasado. O de la “nueva” (vieja, en realidad, porque ahora se ha actualizado nuevamente y vaya a saber uno cuando irá a cobrar eso) escala salarial, convenida en enero de este año, cuyos aumentos hemos visto recién desde septiembre, y que también (oh! maravilla de las ciencias ocultas y herméticas) todavía no hemos cobrado el retroactivo adeudado.

Segundo: Lo confieso. Soy una persona improlija. Por lo que a mi me concierne, una remera de “Jackass” y un caqui de tela de avión es buena ropa para ir a trabajar. Puede que mi modo de ver estas cosas sí este mal. Pero hago lo que tengo que hacer para remedarlo. Por eso ahora uso camisas y jeans, ropa que muchos otros no usan. Pero no va por ese lado. Es decir, forma parte del subconjunto “estética”, pero no pasa por la ropa. Es por el pelo. Ya es suficiente con que tenga que usar una vincha (suena a histeriqueada, pero me enferma) como para que venga encima alguien que no se de que puta manera llego a dirigir un departamento de recursos humanos (“vox populi, vox dei”, reza un dicho romano, pero yo soy una persona más empírica, so) a decirme que me la saque, porque “hay que venir presentables”. Que me critiquen la prefacturación que no hago, más allá que me parezca absurdo al haber un departamento destinado para eso, vaya y pase. Pero que un esfuerzo honesto por estar presentable, no. Más cuando tengo razones de sobra como para plantarme enfrente de la guardia y decir que estoy de paro por tiempo indefinido

Tercero: Que me saquen el franco que tenía para el miércoles 26, debido a que tendré que ausentarme forzosamente por el paro del transporte interurbano. No sé que dirá la ley, pero esto me parece un atropello, más cuando alguien que te reniega el esfuerzo laboral de una persona que vive a 40 km de distancia, te dice que “hay que ser solidarios con los compañeros”. Primero sean solidarios con los empleados, que mierda, que están a menos de una semana de Navidad y muchos de ellos no van a tener plata para comprarles regalos a sus hijos, novias, amigos o familiares. Y segundo, hay que caminar con la cabeza bien en alto para pedir solidaridad cuando, por hacer valer sus derechos laborales, se despidieron a 30 personas de un solo saque.

Cuarto: La indecisión sobre las vacaciones y el pésimo trato que nos quieren hacer aceptar. Primero, la idea de tener un período de licencia es descansar. Es la base de la idea, lo que fundamente el concepto. Ahora, como vamos a poder descansar, si no sabemos cuando vamos a salir de vacaciones y tenemos que andar estipulando con fechas y horarios, además que después del período de licencia correspondiente nos quieren hacer trabajar durante las licencias de los otros muchachos, sin francos. Léase “sin descanso”. Lo que implica hacer un mínimo de 20 días de corrido. Dicen que nos van a pagar esos francos trabajados, pero ¿con un “historial” de promesas caídas en sacos rotos no se hace difícil creerles? ¿Con una deuda seria como las que acarrean no pierden algo de credibilidad? Yo nunca cobré una guardia que hice el 26 de julio, so get the picture. Vua’ confia’, yo.

Lo de las vacaciones particularmente me enferma porque es posible que me pierda un viaje planeado a la costa, y el Cosquín Rock, además de complicarme sobremanera el cursado del ingreso a la facu. y rendir las últimas materias del secundario. Así que, como verán, me da por el centro de las pelotas.

Estos son datos inconexos aparentemente entre sí muestran la cara que se mantiene oculta en la salud: La presión que recibimos quienes estamos en la primera línea de batalla, sean enfermeros, médicos o personal administrativo. Es muy sencillo decir, desde una oficina oculta dentro de un establecimiento, sin señalización o bajo la excusa azarosa que da un teléfono móvil, que tal o cual obra social no se atiende, cuando no tiene que mirar a los ojos a una persona y decirle que sus hijos no pueden hacerse atender. Decir eso, y encima justificar lo que opinan los de arriba, es lo que me hace sentir horrible. Es lo que me transforma en algo que odio.

Ese es el grave problema que tiene la salud argentina. La desatención a los usuarios, primero; y al personal, segundo. La concepción mercantil que se tiene, esa manera de ver al paciente, un ser enfermo y con problemas, como un cliente, es un grave error que tarde o temprano llevará al hastío, por parte de los usuarios y por parte del personal, que estamos hartos de ser estafados una y otra vez.

Ese es nuestro error. Dejar que nos sigan cagando. Pero es como decía Orwell, mediante su icónico Winston Smith, “la fuerza de la rebelión está en los proles, pero hasta que no se rebelen, los proles no serán concientes de su fuerza”

December 20th, 2007 | 4 dijeron algo

15 Minutos a Solas: De balances y otros males modernos

Ya llegan las fiestas. Ya el calendario inicia su alocada carrera hacía los peajes atestados, las playas llenas de gente, las sierras colmadas de ruido. Se acercan las fiestas, y el calor, que dijo “presente” hacía septiembre, ahora dice “con permiso”, y se instala, no sin hedonista complacencia, en todas las casas, incomodando pero sin acusar noticia alguna de esa incomodidad.

Y en estos tiempos, como si de cualquier empresa se tratara, se realizan, de forma conciente o no, mentados “balances”, donde multiplicamos nuestras desgracias y minimizamos nuestras victorias, más que nada para tener un motivo por el cual quejarnos si los últimos cartuchos guardados para esta época resultan ser tan sólo balas de salvas.

¿Qué se puede decir sobre un balance? En su versión contable, un balance es una hoja larga, de diez o doce columnas, donde se anotan, con mística vehemencia, los resultados y los movimientos finales que tienen todas las cuentas, para ver si se ganó o se perdió plata. En la versión románticona de ver lo que pasó en el año, se resumen en dos columnas, bueno o malo, así que se hablaría con mayor propiedad si dijéramos que estamos “mayorizando” el año, para tratar de cerrar con un saldo positivo, lo que derivaría en un brindis lleno de gracias, o, si cierra en rojo, en un cd de My Chemical Romance, Green Day o la banda emo de turno, comprado especialmente para pasar las navidades con una pesadumbre en el alma, más allá de los oidos.

No se puede estar ajeno a esta moda, porque necesitamos respuestas certeras. Inamovibles. No nos gusta, nos incómoda, dejar algo librado a la libre interpretación y por eso necesitamos caratularlo, aunque sea para archivarlo y dejarlo olvidado en un gabinete gris. Los “peros” son interpretados como excusas y resultan ser la bandera que enarbolan los indecisos a cada momento. “Pero” esto, “pero” lo otro. Y en estos días sirven para tratar, algún modo, salvar el año que ya se acaba, que tiene el mortal 31 ahí nomás, en la esquina inferior derecha del calendario.

“Fue un año de mierda, pero por lo menos bla bla bla bla”, se les oye decir a más de uno en casi todas las calles del país.

No es malo hacer balances tampoco, mientras nuestra vida no esté dirigida y centrada por dos columnas invisibles donde se registren cuentas. Se pierde la libertad, si empezamos a anotar todo y cada uno de los movimientos que vamos haciendo, analizando cada carta antes de jugarla. Se pierde lo bonito que tiene el azar, la incongruencia, la inexactitud. La vida no tiene porque ser un libro donde cierren todos los números.

Y, sin embargo, llegan las fiestas, y hasta el más liberal y progre empieza a meditar, en todos lados, si les ha ido bien o mal. ¿Son aplicables estos conceptos al teórico balance que se realiza? Que tenga dos columnas para anotar lo bueno y lo malo no significa que el año se termine bien o mal, porque por cada “mal” que nos ha pasado, hemos sacado algo a cambio. Desde una fuckin’ moraleja hasta una contrapartida en los hechos. Por el azar se rige la vida, y en el azar siempre es más probable perder que aceptar, pero cuando se acierta las ganancias son cuantiosas.

El año se termina. Y punto. No hay que darle matices depresivos o falsas excusas para tratar de hacerlo más alegre. Son como los cumpleaños. Uno no crece de golpe el día en que su libreta marca que tiene un pirulo más, sino a lo largo de todo el tiempo en que se la paso viviendo. Vivir es crecer, y resulta ser la única actividad que no nos gusta a la que no le podemos poner excusas.

Yo termino el año, que tuvo sus cosas buenas y malas. No fue “un buen año” o “un mal año”. Tuvo sus cosas lindas, como sus momentos de dudas, al igual que momentos de mierda, que se pagaron con lo que aprendí ahí o con lo que reflexioné después. Conocí mucha gente, me recontré con otras y a terceras las dejé finalmente en un irrevocable pasado. Perdí la cabeza por alguien, pero fue el precio que pagué por un instante con ella. En cosas pequeñas es en donde todo se pasa factura.

Y, al fin y al cabo, hacer balances es parte de una cultura exitista que deberíamos dejar atrás. No puede existir una sociedad donde todos se crean, de algún modo, ganadores. No habría perdedores de los cuales burlarse, además de ser estadísticamente imposible. Si todos ganáramos, ¿sobre quienes ganaríamos? Y si para ganar hace falta alguien que pierda, ¿no quedaría nula la ecuación?

Decía que los “balances” viene de una cultura arraigada en donde es necesario el éxito para sentirse bien. Yo no soy exitoso, en muchos campos, de acuerdo a la concepción social del éxito. Es más, hasta me considero, y mucho de ustedes lo saben, un “proyecto a largo plazo de idiotez”. Pero no me siento mal por eso, sino que hasta cómodo y feliz. Porque no espero nada más allá de lo que yo pueda hacer o no, quiera hacer o deje de hacer. Hay que dejar atrás esas columnas diabólicas y enfocarse en lo que es importante. Crecer, como personas y como sociedad, para que no se repitan vergüenzas como las que se han visto a lo largo de este año.

Los años pasan, en fin, y ellos no crecen. Sino que, quienes crecen, somos nosotros

December 13th, 2007 | Nadie pidio la palabra

15 Minutos A Solas: Decisiones Irrevocables

Cada tanto vuelve la idea de escribir esta columna, esta serialización pasajera y errante. Una especie de diarreica catarsis la cual me sirve un tanto para sacarme la mierda que tengo encima como para poder tomar nuevas perspectivas sobre lo que está pasando alrededor mío, en forma de lo que fuera que pudiese pasar. O para adelantarme un tanto a los hechos y tratar de atisbar que oculta la penumbra un poco más allá de las horas a las cuales aun les falta mucho para que lleguen. Hay algo oculto en esas sombras futuras. Siempre. Pero se muestran de tanto en tanto. Coquetean y se hacen ver, como relámpagos de la tormenta que se acerca inexorablemente y que, tarde o temprano, caerá sobre nuestras cabezas, agitando todo el mundo.

Siempre me creí una persona de decisiones irrevocables. Tal vez una parte de mí si lo sea y otra no tanto. Siempre hay un espacio para que la flaqueza asome y ponga en duda las decisiones que a veces cuesta tanto tomar. Y por esa razón emputece. Porque las decisiones son productos definitivos de una meditación muchas veces dolorosa y extensa, donde uno pone en la fuckin’ balanza muchas cosas, tratando de compensar unas con otras para tratar de salir con el balance en 0. Pero entonces, aparece la duda, la flaqueza que tanto nos persigue, y la decisión no se ve ni definitiva ni irrevocable, sino que tentadoramente transmutable.

Es la duda en donde nacen las certezas equívocas.

No hay peor cosa que tratar de poner una firma al pie de un contrato sabiendo que ese trazo curvilíneo y artístico va a pesar mucho durante algún tiempo, porque saber que estamos presos de algo en esencia inmutable nos pone incómodos y disparan mil pensamientos distintos desde nuestra cabeza hacía otros lados. Si estaré haciendo lo correcto, si terminaré mal, si me irá bien, si me querrán estafar. Mil cosas distintas que nos hacen leer y releer mil veces la hoja para que finalmente estampemos, no sin mirar desconfiada a quien nos tiende el contrato, haciéndole saber que muy conformes no estamos. Yo, en este momento, me encuentro algo harto de leer y releer mil veces un papel que ya está amarillo de esperar con una lapicera encima.

Por eso quiero tomar decisiones irrevocables, por más que sé que mi alma posee la suficiente flaqueza como par dudar en medio del proceso o una vez que ya todo fue tomado. A veces siento que nada es inmutable y que todo tiende a cambiar si se le da el tiempo necesario para que el proceso se de. Pero todo lo que cambia se corrompe, o tiende a corromperse de su naturaleza original. Así es como certezas se transforman en dudas y los proyectos solo quedan en proyectos, sin llegar jamás completarse.

Todo hombre es, también, producto de sus decisiones. Las que toma y las que deja pasar. ¿Qué se puede esperar del que flaqueó una vez otra cosa que no sea flaquear otra vez? ¿Y del que tomó una decisión equivocada otra cosa que no sea otro error? Demasiadas presiones entran en juego y lo único que realmente logran es seguir generando cierta presión, que con el tiempo termina por hacerse más y más fuerte.

Y ahí radica la diferencia entre hombres y hombres. Entre los que producen el cambio y entre quienes los contemplan. La capacidad de poder levantarse sobre la adversidad del historial para tratar de impulsar alguna nueva visión, concretar algún proyecto, etc, es lo que diferencia a los flojos que se creen determinados de los que verdaderamente son determinantes, sin importar cual sea el proceso.

Yo sé que volví sobre mis pasos un par de veces. Sé que callé muchas veces y que demasiadas veces la duda me asalta y me golpea entre los ojos, haciéndome pensar dos o tres veces cada vez que pienso hacer algo. No es excusa. Ser una persona insegura ayuda con este tipo de cosas, ya que la duda tiende a fortalecerse con el paso del tiempo, convirtiéndose en la regla y no en la excepción, como debería ser.

Pero quiero cambiar. Deseo cambiar, y eso es lo que a la gente muchas veces no les termina de cerrar. Quiero ser capaz de pedir disculpas por haber metido la pata y seguir caminando con la frente en alto, a diferencia de la mirada cabizbaja cargada de culpa. Quiero por una buena vez dejar atrás todo lo que me ha condicionado para poder ver el futuro con una mirada nueva, sin rencores, dolores y dudas escondidas en los lugares más recónditos del alma. Por eso tengo que tomar decisiones irrevocables, para ver que la flaqueza es tan sólo la medida de los hombres débiles, y ver que yo no soy uno de ellos.

Todos pueden llorar, caerse y suplicar por un instante de piedad ante el tiempo implacable que se lleva hojas y hojas en el calendario. Pocos pueden callarse, cargarse la pesada mochila al hombro y tratar de vencer en esa carrera que muchas veces parece perdida de antemano, por más que todo parezca conspirar en contra y retrasar mucho los pasos que se deciden dar. Está en uno decidir si vale la pena estar arrodillado atrapado en el pasado o si es mejor recibir al futuro como lo que en realidad es: Una batalla para pelear y a su vez una nueva oportunidad

Las decisiones irrevocables son, entonces, gran parte del proceso y el producto final de la maceración del alma.

November 27th, 2007 | 2 dijeron algo

15 Minutos A Solas: El llamado de la Democracia

Es muy duro leer artículos periodísticos en retrospectiva, me he dado cuenta. Más aún en estos días en que releí “Llamada Internacional”, de Osvaldo Soriano (“acá va de vuelta este pesado irremediable”, seguro estarán diciendo), al terminar con “Rebeldes…”, y me he dado cuenta, con el triste pesar e alguien que aún cree (muy a pesar de que trate a veces de negarlo) en esas utopías inviables, que lo vivido y sufrido hace cinco años no sirvió para nada.

La memoria argentina, sobre todo la de los más jóvenes y desinteresados (es un término incorrecto “desinteresados”, ya que se encuentran interesados en otras banalidades que en ese momento parecen ser más importantes), es frágil y maleable, llena de vacíos imperturbables que da la oportunidad a los políticos de siempre (los muchos que quedan a pesar del grito de “que se vayan todos”, en el 2001) de seguir haciendo lo de siempre. Muy pocos de los menores de veinte saben que Adolfo Rodríguez Saa, candidato del Pj no oficialista, fue gobernador 18 años seguidos (18 años, por el amor de Dios, ¿dónde está el pluralismo político?) de la provincia de San Luis, hasta que resultó designado Presidente, en los últimos momentos del 2001 y los primeros albores del 2002. Pocos saben también que Kirchner se enriqueció ilícitamente durante el Proceso de Reorganización Nacional, y que promovió ese fantasma negro de la democracia indirecta e ignorante que es la “reelección indefinida”, en cuya contra se encuentra hoy, paradójicamente en La Rioja, Carlos Saúl Menem, quien manoseo la Constitución Nacional para poder seguir hipotecando la Nación a expensas de nuestro futuro (no sé porque Kirchner lo critica tanto, entonces, ya que él participó en la Asamblea Constituyente). Tampoco nadie parece acordarse de que Ricardo Lopez Murphy viene metido en los cimientos de la “democracia” desde su restauración, en 1983.

¿No es tiempo de preguntarnos lo poco que hemos logrado con el “que se vayan todos?”

Eso es lo que más llama la atención cuando uno lee crónicas viejas. Encuentra nombres que en su momento sonaban nuevos, a oídos de muchos (incluso de los muchísimos que vivieron esa etapa), sonaban como verdaderas alternativas al cambio.

Y el cambio se dio. Lástima que del peor modo: Destruyendo la estructura política de un país que venía a duras penas arrastrando una batalla por la desigualdad social y por la equidad de derechos. Las estructuras fundacionales básicas de una verdadera democracia partidista son los partidos, de los cuales el único que queda, hoy por hoy, es la Unión Cívica Radical, que a nivel nacional todavía carga con las cicatrices y los errores grotescos de un gobierno que lo único que hizo fue cambiarle el nombre a la frivolidad de los noventa. Y el Partido Justicialista, muy a pesar de Perón y todos los que murieron por una causa ambigua y contradictoria, se encuentra hoy manchado por los escándalos de corrupción de la década pasada y la actual, por el arraigo sindicalista, que se preocupa más por la política que por los trabajadores a los que dice representar, por todos los políticos que ultrajan, cada vez que entonan la marcha peronista, los significados que tuvieron esas palabras no sólo para los miembros del Partido, sino para toda una generación de trabajadores argentinos.

¿Cómo no pensar, entonces, que la utopía no ha muerto? No sólo en los grandes referentes nacionales, sino en los locales, en las intendencias y gobernaciones de ciudades, donde el radicalismo se prostituye con el juecismo y con el kirchnerismo, donde se preocupan más de la demagogia y por el discurso populista, por las obras que se anuncian pero no se hacen, que por las verdaderas heridas que arrastramos: la desigualdad social, la falta de una verdadera cultura e identidad (importadas ahora desde los países centrales), el terrible flagelo de la educación y la salud.

Córdoba es un ejemplo de esto: Giacomino, es ex radical; Olga Riutort se postula a intendente después de perder las internas del Partido Justicialista; Chuit se candidateó sin estar afiliado al partido; Campana saltó de la Unión Cívica Radical al Partido Nuevo, y de ahí a las filas del delasotismo. ¿Somos sordos, acaso, que no somos capaces de escuchar lo que dicen los santiagueños sobre Schiaretti? ¿No tenemos olfato, ni tacto, para darnos cuenta la suciedad que embarga a nuestra Córdoba querida? ¿Carecemos de nostalgia por un mundo al que tanto se deseó, por el que tanto se peleó, y que murió en la nada?

¿Qué somos, hoy por hoy? Decir que somos el producto de décadas de vaciamiento intelectual y cultural sería exponer sólo un pequeño fragmento de una tristísima verdad. La culpa de esto va más allá de las que se le pueden adjudicar a gente como los políticos de hoy o los de siempre. Hoy somos argentinos, y mañana lo seguiremos siendo, con todas nuestras tragedias nacionales y olvidos a cuestas.

Ahora, hay que darse cuenta, tenemos la oportunidad de llevar el cambio hacia delante, por más que la fría realidad de los números nos indique lo contrario. No tenemos que dar por vencido el sueño de una patria mejor, capaz de sobrevivir a los avatares de un pasado oscuro, y encarar al futuro con la esperanza que algun día seremos capaces de aprender de todos nuestros errores.

No hay olvido. No hay perdón.

Saludos desde acá.

Matías

This Post’s Soundtrack: Emigrate - Wake Up!

August 28th, 2007 | Nadie pidio la palabra

WordPress le hace el aguante a Matias Llorens | Blue Weed by Blog Oh! Blog, traducido por el bueno del idiota | Entradas (RSS) y salidas (RSS).