Tal vez todo podría haber sido diferente. Esa certeza lo acompañaba a cada paso, como cuando uno escucha una canción muy temprano una mañana y queda clavado entre ceja y ceja para toda una semana. Algo así le pasaba. Trataba de divagar de un lado hacía otro, en las calles vacías de un verano sin sol y silencios atrapantes, pero volvía la certeza que lo acompañaba desde que había entrado en esa ruinosa ciudad. Todo podría haber sido diferente.
Habían huído juntos sin saber bien donde iban a parar o que iban a hacer. Habían crecido juntos, sin saber todo cuanto los unía. Habían descubierto los mismos secretos juntos, pero sólo uno había vuelto.
Bajo el plomizo cielo de un verano ardiente, las esquinas se vaciaban para poder mirarlo de cerca. Quedaban atrás las ruinas y se acercaba el mar, comiendo el horizonte.
En un verano ardiente, el sol se ocultaba detrás de todos los árboles muertos.
Yendo por la avenida (o lo que parecía ser) principal, contemplaba enajenado todas las fachadas destrozadas por el paso del tiempo o alguna mierda por el estilo. Fuera de foco, todo parecía encontrarse abandonado a las apuradas pero como si desde ese instante hubiese envejecido milenios. Su piel reseca y las sucias heridas de su espalda acompañaban los pasos que levantaban un polvo ancestralmente familiar.
Debajo de la barba, cicatrices estiraban la sonrisa ya imperceptible entre la mugrosa locura del tiempo transcurrido. A lo mejor, podría reir al descubrir los bancos donde había sentido toda una piel al descubierto, todos los sonidos abriéndose paso entre las hojas. O podría disfrazar una mueca desganada y dolida al cruzar el bar por donde habían empezado a escapar de una condena implacable.
Pero todo eso era inútil. Distintas notas tocaban una música incierta en su cabeza, al pie del abismo, en la cercanía de la arena.
El cadaver de ella seguía allí. Y él llegaba para hacerle eterna compañía.
Los estruendos ocultan las cuerdas que no siempre se pueden ver.
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June 21st, 2008 |