Revanchas
Ayer sentí en mi alma una de las alegrías más contradictorias de las que pueda tener memoria. Uno de esos momentos en el que tuve que tragarme muchas de mis palabras y sentirme feliz por habermelas tragado. Porque aun no me termina de convencer. Porque, a pesar del penal de ayer y del gol histórico con el que nos convertimos el único campeón internacional de Córdoba (por mucho que les duela a los hinchas de Belgrano), Julián Maidana aun no me cierra como el “ídolo” de Talleres. Ese puesto le corresponde a Oste, Zelaya y a Willington. Podría ir Garay, pero después de la desastrosa campaña de Gareca, fue. Al menos para mí.
Fue una tarde especial. Hacía mucho que no sufría así. La eliminación de River en la Libertadores por parte de San Lorenzo fue otra cosa. Lo viví de otro modo. La incredulidad me impedía sufrir como otras veces. Era de no creer y no había espacio para otra cosa que no fuera ese sentimiento. Era ver unos putos extraterrestres tomando Buenos Aires. Por eso no había lugar para el sufrimiento.
Ayer no fue así. Para nada.
Let’s Talk About: El rally de Córdoba
Hacia finales del año 2004 parecía que los caminos de tierra que cruzan la serranía cordobesa, sumidos en la paz del verano más testigos de familias en plan vacacional que de fierros pesados de tracción integral, se quedaban sin otro de esos ídolos que arrancaban vítores, sonrisas y aplausos con sólo asomar el rugido del motor por entre los pliegues de la ruta: Carlos Sainz colgaba los guantes (o el casco, o el eufismo de colgar algo que siempre se usa cuando se da por concluida una etapa que venga al caso), y aquel quien supo tener la chapa de “ídolo de multitudes fierreras de barro, esperas y polvo” dejaba vacante el lugar que antes había ocupado otro enorme corredor: El “Condor” Jorge Luis Recalde.
Desde ese entonces sólo hubo héroes esporádicos en la pasión fierrera por excelencia de los cordobeses. Solberg y Makinnen, McRae y Burns, todos forjaron una pequeña fanaticada, sustentada más en los muchachos que jugaban sus juegos que en fanáticos contra viento y marea, como aquellos quienes les hicimos el aguante a Travis Pastrana el año pasado, cuando corrió en un Subaru Impreza de “producción” (perteneciente a la clase N/4).
Ese vacío parece haber sido al final ocupado por alguien a quien la chapa de “leyenda” le está por quedar chica pronto: El francés Sébastien Loeb, un hombre de apenas más de 30 años, ojos celestes como los míos y un palmarés de la gran puta madre, con cuatro campeonatos del mundo uno detrás del otro, más cantidad de fechas ganadas (más que el gollega Carlos Sainz) y es el que más veces ganó la fecha argentina, ya que lo hizo en cuatro oportunidades, una más que Tommy Makkinen, el anterior hombre record de la categoría Leer mas …
Crónica 1
Hay un silencio, que desciende de mil silencios peores, colgando en el desolado paisaje, en compañía de fantasmas de sucesos que despertaran lágrimas y risas días atrás.
Hay un eco que desciende de mil ecos, ecos de los roces de las ropas, de los gritos, de los murmullos y el devenir de las miradas que se enmarcaban en los sudados rostros de los actores principales de aquella tragedia instaurada en lo más profundo de la memoria, y rescatada en las figuras eternas detenidas en el tiempo.
Serás tú, seré yo, quienes hagan propias las palabras que relatan la épica de una tarde aciaga ante los ojos de un cielo que negaba su existencia terrestre, émulos en la tarea de ser Homero en el desconocimiento de una melodía que tocaremos a oídas.
En la fibra íntima de nuestras almas haremos usos de los tonos de nuestra voz, de la avidez de nuestra memoria para recordar u olvidar, para hacer de todos o de algunos aquellos sucesos que se pierden en las almas de los hombres y en la rigurosidad de las estadísticas, pero cuyas imágenes quedan grabadas a fuego en las retinas de los testigos que deciden enmudecer.
Empezaremos, pues, a relatar una batalla entre titanes que no fueron más que hombres en un exiguo pasaje de cemento y césped, teatro moderno donde la gesta de las Termópilas se vivió de nuevo, con el protagonismo de treinta mil almas y la mirada expectante de miles en las butacas de una ciudad colapsada en la ausencia.
Fueron once y once, cantaremos ante las paredes mudas y ciegas para que puedan imaginar, pero a su alrededor latía el odio de seres que pedían muerte a unos y glorias a otros, mientras los minutos se disponían a corre en una suicida carrera hacía un pasado inexistente dentro de las vírgenes mentes.
No hay concepción más errónea que la idea de escape que imperan en las horas vividas, como si haber transitado esa senda nos imposibilitara de volver a recorrerla alguna vez. También lo es pensar que las cosas que vendrán esperan distantes mientras nos acercarmos, o se acercan lentamente, de acuerdo muere el tiempo en nuestro pasado. Todo eso es una falacia. No existe tal cosa como esa concepción del tiempo. Todo es ahora, ayer y mañana. La fotografía que recuerda el grito desesperado de gloria es la garganta misma que grita con pasión, en ese instante que es todo y es uno, porque abarca la pasión y la victoria de uno, y la deshonra y derrota de otros.
Todo eso habrá que cantar, reviviendo fantasmas que son recuerdos de ecos que de ecos que descienden de mil ecos, ecos de las gargantas que claman, de las bocas que enmudecen y de los ojos que niegan. Ante el mutismo de una multitud, el clamor de guerra y victoria se levanta todos los días en recuerdo de lo que acontece, eternamente, en las Termópilas.
Lo que cuentas tú, lo que cuento yo, es un relato de la posteridad y del pasado. Es un murmullo apagado o una voz que nace. Es silencio entre calles que rugen todos los días, es el ensordecedor estallido que rompe la afonía de los orantes. Es el semblante victorioso de Leonidas, aún en la muerte, detrás de su escudo y encima de su caballo.
Serás tú, seré yo, quienes diremos que vivimos la épica gloriosa de una batalla que es todas y que es ninguna, que fue recuerdo y porvenir, desventura y desesperanza. Serán ellos, serán ustedes, quienes callarán y aturdirán con la expectativa de la experiencia, nacida en el atisbo de la penumbra de la guerra.
Dirás, diré, que hubo silencio y griterío al mismo tiempo, en gargantas opuestas y símiles, la tarde del tres de noviembre, eterna y póstuma, inmune al tiempo que tanto nos persigue.
Dirás, diré, que veintidós hombres se disputaro la burla de ser vencedores y vencidos. Nada de nuevo hay en esto, ni épica en la contienda que arrastra sus historias. Pero once de esos hombres tenían el aliento fervoroso de treinta mil anónimos soportando sus espaldas, mientras que otros once lo soportaron como un filo burdo colgando sobres sus nucas.
Ahí es donde radica la épica, gritarás, gritaré. En el filo cortante que pende sobre cabezas que desconocen el final de la búsqueda, pero que siguen buscando más allá de la esperanza de encontrar un final.
Todo comienzo es un final. El inicio es el final de la espera, así como el final del inicio es el inicio de un nuevo final.
Preguntarás y preguntaré si no piensan eso las gargantas anónimas que callaron en el minuto veintiseis, ante los inicios de una derrota y los finales de una agonizante esperanza. Preguntarás y preguntaré si no piensan eso las voces, que atronadoras surigeron desde las calles de una ciudad enmudecida, en el final de la espera, en el inicio de la victoria.
Hubo una muralla después, surgida de la nada. Por eso el tiempo no existe más allá de lo que creemos comprender. La pelota cayó lenta, desesperadamente, y la batalla se silenció para contrastar el grito de que surgía de los once que sentían el aliento como punzantes espadas en sus nucas. Para unos fue una eternidad, para otros un instante. Todo se desvanece ante las miradas y sus parpadeos. Sólo un resto, un dejo, un eco que desciende de mil ecos, queda ante nosotros para ver. Por eso congelamos la imagen de un abrazo que es, en verdad y en mentira, eterno.
Pasaron los minutos, o simularon pasar, ante los ojos, oídos y rostros atentos, hasta que el final se hizo inicio. Murió una esperanza, ante el mudo estupor. Nació una convicción, ante gargantas rugientes ávidas de un nuevo amanecer.
Eso que cantarás tú, que cantaré yo, será la victoria del tres de noviembre, en la batalla de las Termópilas, en el Estadio Córdoba del Chateau Carreras, de Leonidas y sus diez, frente a otros once, que eran treinta mil espadas, o la derrota de Belgrano ante Talleres, frente a once hombres, que hoy buscan ser mármol para la gloria.
Es por eso que hay un silencio, que desciende de mil silencios peores, colgando en el desolado paisaje, en compañía de fantasmas de sucesos que despertaran lágrimas y risas días atrás.
Me verás volver





