Diario - Dia 7

Día 7

What looks so strong, so delicate
Korn – Coming Undone

La memoria funciona así, de una manera incomprensible y sin seguir jamás la misma senda dos veces. No se sabe de que manera la mente elige lo que es indispensable recordar de lo desechable. Muchos terminamos atesorando recuerdos inútiles e ideas formadas hace tanto tiempo que las tenemos sólo a ellas, sin nada que nos indique el momento o la situación en que fueron concebidas. ¿De que me sirve saber ahora lo que estaba haciendo aquella tarde de hace cuatro (cinco, diez, veinte. El número no importa) años, cuando River hizo el gol del campeonato, frente a Olimpo de Bahía Blanca? Sin embargo, puedo vivir ese momento una y otra vez en mi mente, sin hartazgo y sin saltarme un cuadro. No me sirve de nada, pero sé que está ahí, por las dudas.

Uno nunca sabe cuando va a venir alguien a preguntarte: “¿Y? ¿Qué estabas haciendo vos la mañana del once de septiembre del 2001?”. No me acuerdo con precisión. Se qué había un televisor prendido en una habitación cuya ventana estaba cerrada, pero no creo que haya sido de ese día. Lo más probable es que haya estado durmiendo.

Nadie sabe como funciona la memoria, pero maneja un cierto par de trucos para asociar, asentar y traer recuerdos al presente, ya sea por casualidad o de forma adrede. Los olores son una de esas herramientas. Es difícil sacarse de encima las sensaciones que despiertan ciertos aromas, en ciertas situaciones. Tal vez sean las situaciones la que permitan que el aroma prevalezca como un hilo conductor que nos termina arrastrando en esa vorágine. Todos se deben acordar la esencia, el tacto y el sabor de la piel que degustaron por primera vez, así como las palabras y las vibraciones que los fueron tensando. Ahí debe haber algo, que debe de subyacer en algún lugar más allá de donde las impertinencias diarias nos confunden, que sobrevive al tiempo y que salta en momentos azarosos: cuando caminamos por la calle, cuando tomamos el ascensor, cuando despertamos y completamos a una ciudad a punto de sumirse en su rutina.

En días como este sólo queda, para quienes estamos ajenos a este circo que se teje, tratar de descansar y distraerse, sin pensar mucho en las consecuencias de la soledad, que al fin y al cabo es la única que nos permite poner en perspectivas todas las cosas y tratar de encontrar respuestas a esas dudas que tenemos todos, más allá que algunos las tengan más o menos existencialistas que otros.

Hoy no voy a atender el teléfono, por decir un ejemplo. Voy a permanecer gran parte del día sentado escribiendo, ajeno a cualquier otra actividad, excepto ir al baño y cagar. Si tocan mi puerta, no atenderé. Dejaré que puteen allá abajo, y seguiré inclinado sobre el teclado, a la caza de las palabras que si no se escriben se pierden. Estoy harto de postergaciones. No me llevan a ningún lado y sólo me llenan de excusas falsas que no sirven para nada. Estoy harto de mis excusas.

Puede que escuche música, muy a pesar de mis vecinos, para tratar de ahogar ciertas penas que voy a seguir llevando sobre la piel mucho tiempo. Hay ciertas cosas que en el calendario no cambian. Todas las semanas seguirán teniendo siete días, sin importar cuan puestos estemos y hasta donde estemos dispuestos a perder la conciencia, y cada día 24 horas. El tiempo que no se sufre, no se vive; y ya tengo una gran deuda en cuanto a eso de dejar pasar los días pleno en la inconciencia.

Estos días han sido un infierno. Pero hasta eso uno se termina acostumbrando. Por lo menos ahora sólo me atormenta su recuerdo, potenciado en esta ausencia plomiza de una ciudad húmeda y caliente. Muchos temas me recuerdan a ella. Por eso, tal vez, y para placer de mis vecinos, hoy sólo escuche el lento meditar de mi conciencia y de mis dedos escribiendo algo que tal vez después deseé borrar. Words are very unnecessary, they can only do harm. Reflexionar sobre un fantasma empecinado en escudarse en mi flojera para superarlo.

Soy un caso demasiado patético, Dios.

Abajo, en el mundo real, creo que todo seguirá más o menos los mismos cursos de toda la vida. Gente vivirá y sufrirá, algunos se sentirán alegre pero no sabrán que todas las alegrías son efímeras, otros entrarán en depresiones que los hará analizar las cosas desde un punto de vista radicalmente distinto al anterior. O puede que no. Tal vez yo estoy tan harto de tener estos quejidos sobre mí, que no veo la hora de terminar con todo esto de una buena vez. Pero soy cobarde. Demasiado cobarde, para ser honestos.

“La tenue tela que cubre
sus encantos de mujer perdida,
disfraza las llamas que encienden
las ciudades tras sus pasos,
en donde reina el silencio
de una ausencia insoportable,
hecha de ecos muertos
entre esquinas siempre extrañas
e imprecisas.

Después de sus pies
dibujados en las aguas
que bajan hacía diques
hechos de memoria,
sólo queda callar y hacer
de los rostros mudos,
el himno de nuestra esperanza”

No me dejo tentar por la promesa de eternidad vacua que escucho desde más allá del balcón. Mis amigos temen por eso, no se por qué. La vida vale demasiado como para pagar con ella el despecho de un abandono, que al fin de cuentas es un rechazo más dentro de una sociedad que nos enajena de uno u otro modo.

Tarde o temprano despertaré de esta pesadilla. Lograré sacarme de encima el velo de sus estantes vacíos, de la espera de un llamado y de soñar con volver a sentir con tus caricias, sin importar el tiempo que haya pasado. Porque por más que haya toda una industria a documentar su paso, el tiempo es una de las percepciones más personales que podemos hacer de este mundo lleno e imperfecto en sus certezas.

Words are meaningless and forgettable

February 14th, 2008 | 2 dijeron algo

Diario: Día 6

Día 6

“Me quede sin nada
De tanto por decirte

Tan sólo soy uno más
Que junto a vos resiste”

Almafuerte – Debes Saberlo

Hoy, que llueve, y que estoy encerrado acá sin poder coordinar tres ideas coherentes en mi cabeza, lo único que atino es a contemplar el techo y pensar. Hay temas recurrentes, que van desde las dudas existenciales que nos atormentan ante ciertas situaciones en donde la desazón, hasta algunas trivialidades surgidas del devenir diario de los días.

No sé en que pienso. Trato de no volver a la distancia que me separa de ella, pero es una especie de fantasma ubicado detrás de puertas que necesariamente deben ser abiertas. No creo que las abra hoy, ni muy pronto tampoco. Es algo que siempre cuesta enfrentar, y en donde la mirada siempre es dolida y se termina desviando hacia las paredes, para tratar de encontrar una respuesta, pero en donde vemos los recuerdos que genera su ausencia.

Las paredes siguen vacías. Parece como si hubiesen pasado meses desde el momento en que escribí la primera página de este diario y parecía que le estaba escribiendo una carta a ella. Tal vez porque esperaba, en ese entonces, que de algún modo te enterarás de la existencia de este cuaderno, lastimero atisbo adolescente, y que me leyera. O que me buscara y viera que en el dolor de los latidos hasta el orden que alguna vez le dimos al mundo se va al caño.

Pero no. Hoy trato de no pensar en ello. Los días mutan y mutaran, en ese paseo extraño en el que los acompañan las horas, hacía frágiles efemérides que serán ausentes para todos, excepto para mí. Sólo sufriendo uno aprende el concepto del dolor, y a mi las horas de su ausencia, de sus últimas palabras, de las paredes vacías que reclaman por la posesión de un fragmento de su identidad, me duelen. Como la gran puta me duelen.

No me importan las fechas. No hay nada de fehaciente en ellas. Puede que me pregunte o me pregunten más adelante sobre cuales fueron los momentos en que el sufrimiento tuvo una forma latente, palpable, frente a mis ojos, y yo les diré que fueron tal o cual período, pero siempre inexacto. Los calendarios no significan nada ante las lágrimas que nublan tanto al ojo como al mundo que este trata de vislumbrar. Pariente de la niebla es el llanto. No hay certezas en las figuras que a través de ellos se vislumbran.

Hoy, con la lluvia golpeando en la ventana y opacando el silencio de la tarde en Córdoba, trato de no pensar en nada, para terminar dándome cuenta de todos esos problemas que subyacen debajo de una capa de aparente tranquilidad. Me imagino un bosque, entonces, en donde la tragedia es inconcebible, hasta que la tormenta desata un infierno en él. Nada volverá a ser lo mismo después del paso de una llama certera por el combustible que la enardece.

Pendido sobre la ciudad de Córdoba, soy un bosque en llamas.

No hay una cronología certera en esto que escribo. Los días se preceden uno a otro, pero el ánimo o la intrascendencia hacen de ellos granos de arena perdidos en el desierto. Los desastres no admiten improvisaciones, como tampoco preparativos. Sólo llegan. Vientos que atropellan la mesa y hacen volar la baraja por los aires, anulando la mano en que s jugaba, sin importar las cartas que el azar pudiese haber puesto en las manos de cada uno.

Pienso en las cicatrices. Las que se ven y mostramos, con cierto orgulloso desdén, para las que admiren, y las que nos carcomen por dentro, infectas en pus y que nos hacen recordar que, a pesar de nuestros esfuerzos por curarnos, tendemos a tropezar y rasparnos las rodillas. Nunca hemos lograr salir de primer grado, creo a veces. Nunca aprendemos de los errores y ensayamos siempre nuevos intentos para caernos y rasparnos nuevamente. ¿Despertaremos pena, así? ¿Lograremos llamar la atención escalando más alto, puliendo todos nuestros defectos, para mostrar al final, que somos lo mismos que habíamos intentado cambiar?

Nuestra naturaleza no comprende los cambios. Así como vamos, volvemos. Más cultos o menos vestidos, más tímidos o extremadamente verborragicos, pero en esencia los mismos. Hijos de puta con más o menos palabras, con peores o mejores ropas, pero hijos de puta al fin.

Una breve reseña del huracán. No hay orden, en cualquier sentido en que se pueda aplicar esa palabra, en este mundo que me contiene, que llega hasta el balcón y se convierte en una forma gris incomprensible de sombras. No quiero saber cuanto tiempo he estado así, contemplando las aspas del ventilador girando con una lentitud hipnótica. Mis libros se mezclan y en mi los argumentos se pierden en hilos que no puedo seguir. La discografía es igual. Ningún disco está en la caja que le corresponde, pero aún así encuentro las palabras que le dan forma a estas palabras.

Hace ya mucho tiempo escribí mi primer texto al que pude definir mío. No importan los años. Ayer es ya “mucho tiempo” cuando el paso de los minutos es desesperante como el calor de la noche. Es un texto vulgar, ajeno a reglas de estilo y cosas por el estilo, lleno de lugares comunes. Decir “lugares comunes” es, hoy, un lugar común, cierto, pero aquella poesía se encontraba lleno de ellos. Y, sin embargo, me enorgullecía.

La escribí en una época en que los límites eran imprecisos y no importaba que todo se consumiera. El polvo es inevitable. Yo lo comprendí por aquellos días, pero quise creer que no me importaba esa verdad. Once you know you can’t never go back. Ahora, ya no creo en definiciones antojadizas y en las grandes diferencias que los hombres se empeñan en hacer existir. Compartimos el mismo destino, las mismas desgracia, los mismos sueños y hasta las mismas distancias insalvables.

Lástima que la intrascendencia diaria no les permita a todos el mármol de la gloria.


I heard your voice through a photograph

February 7th, 2008 | Nadie pidio la palabra

Diario: Dia 5 - Parte 2

Día 5 – Parte 2

Shallow skin, I can paint with pain
I mark the trails on my arms with your disdain
Slipknot – Everything Ends

Decir, a esta altura del cuaderno, que enero es un mes imposible, harto aburrido y que sería mejor que del 31 de diciembre pegáramos un salto hasta mediados de febrero, más o menos, es una obviedad para todos y cada uno de los cordobeses que, como yo, buscan en estos mediodías adelantados de sol abrasador un lugar de ligera frescura, como para tratar de llegar a la noche, esa noche cuya luna recién es contemplable en su esplendor cerca de la medianoche.

Pobre quienes tengan que escribir sobre la luna, digo. Los del Gobierno no pensaron en todos los poetas que pululan por estos lares cercanos a las sierras. Ni en el reloj biológico de todo el mundo, dicho sea de paso.

Ahí me encontraba yo, entonces, sentado en el bar, bebiendo un café cerca de la una y media de la tarde. No me sentía extrañado, porque siempre fui de hábitos algo taciturnos y de despertarme bien entrada la mañana. El café era en parte para estimular ese sector de la mente al cual asocio con la creatividad, y que se aloja detrás de mi ojo derecho. Los días después de un trabajo intenso me despertaba casi siempre con un fuerte dolor punzante en ese lado de la cara, y los médicos a los que consulte y parte de mis amigos decían que se debía a que pasaba demasiado tiempo mirando la pantalla de la computadora, y que nada tenía que ver mi vena poética con eso. Yo los miraba algo estúpido por el efecto de los analgésicos y de la cafia, tras lo cual los despedía y me sentaba sólo en el departamento a putear y a tratar de seguir escribiendo.

La razón por la que tomaba café esa mañana era bien distinta. La última semana me había dedicado a un frenesí alcohólico en base a la fermentación de la cebada, cuyos resultados visibles fueron otros que iban un poco más haya a la falta de creatividad que traía consigo estar tirado sobre un sillón, a medias desmayado. Dolor de cabeza, dolor estomacal (especificar “hígado” es otra obviedad innecesaria), irritación de… bueno… se imaginan, además de un estado de ánimo ya de por si bastante despreciable.

Sobre estas cuestiones me quedaba meditando, mientras revolvía lentamente el café. Como siempre, por más que en un principio no me lo propusiera, terminaba haciendo un repaso y un pequeño balance de lo que había sido el año anterior, y tratar de vislumbrar lo que me deparaba este. En frente de mí, los cadáveres de las bolsitas de papel del azúcar bajo en calorías me recordaron una noche que pase con unos amigos en otro bar, un poco más alejado de ahí, y con mucha mayor predisposición para encarar otro año que nacía. Perdí aquella inocencia, pensé, mientras una cascada cristalina rompía el embrujo ocre de la espuma. En ese instante, el “Gordo” se sentó en la mesa.

La frente perlada, la nariz ganchuda donde una vez nos dijo que se había reventado un grano con una cuchillita gillette, los dedos chuecos que apuntaban cada uno en dirección diferente y que únicamente parecían coordinar cuando agarraba el joystick de la playstation, la camisa sudada y unos cliches verbales que portaba desde nuestras épocas de pendejos gamers (o sea, viciosos) y jugadores de picados bajo la lluvia, son la mejor forma en que puedo definirlo. Siempre voy a guardar un buen recuerdo de él, al punto tal que una vez le dediqué un cuento que escribí para un concurso literario, en mis tempranos años de juventud.

Para Pablo G., decía, por pelotudo.

Los jueces no supieron entender esa muestra de amistad fraternal.

Se sentó al frente mío y le pidió a la moza que le trajera una cerveza. Hice una mueca cuando le especificó que fuera una Quilmes.

- Y trae dos vasos – aclaró, mientras miraba a la moza morocha irse caminando. No sé porque razón, pero me pareció que ella era un fragmento de la ciudad que latía detrás de la frágil piel de vidrio que nos contenía. Hacía tiempo que ese sentimiento no me asaltaba. Agité la cabeza, con la esperanza de poder erradicarla por unos instantes de mi mente. Necesitaba abstraerme.

- ¿Para qué dos vasos? – le pregunté a Pablo.
- Para que tomemos y brindemos, bolu, si hace un montón que no nos vemos. Desde el año pasado, más o menos.
- ¿Con veneno querés que brindemos?
- Uh – dijo como diciendo “pero que rompepelotas que sos, chabón” -. Mierda que te volviste exquisito desde que agarraste aquel laburo.

Con aquel laburo se refería a mis días de trabajo en una funeraria de mi pueblo. Lástima que esto es sobre el presente, porque esa parte de mi pasado cuenta con algunas delirantes anécdotas.

- ¿Qué queres tomar, entonces?
- Algo que se pueda tragar, sería un ejemplo – le dije.
- ¿Y algo que se pueda tragar que vendría a ser?
- Y… Un ferné con coca, una heineken o una Corona
- Ehhhh – otro de sus cliches heredados de la adolescencia - me queré fundir, vos?

La moza depositó los vasos y nos miró extrañada. Estábamos discutiendo en voz alta y el gordo algo se había exaltado. Yo tenía un atisbo de sonrisa en la cara. Tal vez fueran los ojos de ella y el recuerdo que traían sus cabellos y su sonrisa, o fuera a Pablo, a quien tenía al frente y que parecía en verdad indignado por no querer aceptar la Quilmes.

- Trae una Heineken, por favor – le dije y su mirada marrón brilló con demasiada intensidad. Tal vez fuera que el aire acondicionado me había puesto algo susceptible, pero algo en mí se había destrabado.

Pablo se relajó y la silla rechinó debajo de su cuerpo.

- ¿Y? – me dijo -. ¿Qué mierda era lo que te estaba pasando?

Una sonrisa se asomaba en mis labios, y se contagió de pronto a la suya.

- Nada, gordo. Nada me andaba pasando.

January 17th, 2008 | 3 dijeron algo

Diario: Dia 5 - Parte 1

Día 5 - Parte 1


Maybe you’re the reason why

I’m losing all my decency
Limp Bizkit – The One

No hay peor enemigo, en estos días de reflexión postraumáticos, que verse atrapado en un bloqueo creativo. Puede que, si a eso se le suma que el aire acondicionado esta roto y uno no encuentra el ventilador, uno pase un día de mierda. Como el de hoy, ni más ni menos.

Me desperté temprano, hacia las siete o algo, y me senté frente a la computadora para ver si podía escribir algo. Como hago casi todas las veces que escribo, puse música en el equipo como para ayudar a sacarme las palabras que tenía guardadas adentro. Para darme un ritmo, tal vez. Pero no. No pasaba nada. Estaba seco.

Bastante seco, de por cierto.

Escribía un párrafo o dos, leía, seleccionaba todo y apretaba delete. Nada me convencía. Probaba con cambiar de enfoque, de alternar estilos y discursos. Nada. Pasar de prosa a poesía, ida y vuelta. Escribir cualquier cosa. Una frase con la que me sintiera complacido, que me hiciera decir “bueno, este martes no estuvo completamente desperdiciado”. Pero no, no me salía nada.

Una de las peores torturas es tener que ver el cursor titilando, con ganas de putearle, y no poder escribir una sola palabra al respecto que le sienta a uno cómodo. Y peor si es por cerca de dos horas.

Tomé un libro de la biblioteca, entonces. Hacía mucho que no leía y creí que serviría un poco para distraerme y ver un poco el tema este del bloqueo. No pasa sólo por ahí, es cierto, pero tampoco creo que su partida haya influenciado mucho. El ambiente no es el mismo, pero no dejo que me influya. Debo impedir que ese sentimiento aflore. I wont leave this build up inside of me. Demasiada catarsis son las lágrimas como para tener palabras que la adornen.

Guiado por la ironía del título, elegí “Un Mundo Feliz”, de Aldous Huxley. Lo abrí tratando de concentrarme, pero no hubo caso. No pude. Traté probando otro. “El ruido y la furia”, de Faulkner. Tampoco. “El Señor de las Moscas”, de William Golding. Nada. Volví a uno de mis viejos preferidos, “1984”, de George Orwell, pero tampoco pude sentirme.

Empecé a recorrer la biblioteca con cierta desesperación, mientras a mi alrededor crecían las pilas de libros y se amontonaban algunos sobre la mesa ratona que tenía en frente.

- La puta madre.

Me dio miedo, todo lo que me pasaba, porque una cosa es no poder escribir por estar pasando un momento de mierda, por decirlo así - o por meter una excusa, quién te dice -, pero otra muy distinta es no poder ni siquiera leer. O sea, leer sí. Pero concentrarse en la lectura, no.

Tomé el teléfono y llamé a un amigo, compañero de la facultad a la que alguna vez había intentado ingresar. Sonó el aparato un par de veces, hasta que me atendió.

- Gordo – le dije -. No sé que mierda me pasa. No puedo escribir.
- ¿No podés escribir? – me preguntó, con un tono que dejaba entrever cierto fastidio y algo de sueño. Miré mi reloj y vi que era ya casi mediodía, así que no le presté mucha atención a las excusas que estaba argumentando.
- ¿Qué sos sordo, boludo? – dije, entre nerviosas risas -. Sí, no puedo escribir.
- Me estás cargando, che – me dijo -. ¿No era que a vos con diez minutos te bastaban para escribir algo de la puta madre?

Recordé las canciones que había escrito para la banda de Germán, otro amigo, hacía un tiempo, y que le habían servido bastante, y que, extrañamente, habían gustado. Él había dicho que diez minutos había sido el tiempo en que había tardado en escribir cada una de las letras. No mentía, pero tampoco es lo mismo una letra que el proyecto que tenía entre manos.

- No es lo mismo – le dije -. Esto es mucho más serio, y encima tengo una reunión con el editor el viernes.
- ¿Pero no tenés nada nada?
- Obvio que sí, pero creo que me haría falta más como para ir a mostrarle todo encaminado.

Un pequeño silencio del otro lado, y la confirmación que esperaba.

- Nos vemos esta tarde, si te va. Aunque, mirá las pelotudeces por las que me venís a molestar.

Cortó, dejándome con un “ahí están los amigos” en la punta de la lengua.

La diferencia que hay entre la desesperación y el bloqueo total es la fuerza con la que este último nos agarre. El bloqueo puede durar lo que dura, un café, una botella de cerveza, un viaje de colectivo, un par de jornadas, pero la desesperación se ensaña con el pobre que la sufre y nos hace ver que es difícil encontrarle una salida pronta al tema. Y ni hablar de exitosa.

En eso estaba meditando en el café, un bar concurrido de esos que hay de amontones en el centro de Córdoba, con la libreta abierta sobre la mesa. Tratando de despejarme había agarrado “París era una fiesta”, de Hemingway; y había logrado al fin despejar un poco la mente. La forma en que retrató la bohemia de aquellos años sepultados logró despertar algo de mi interés y terminé cayéndome en esa silla con una excusa perfecta para tratar de crear algo.

Una palabra venía, con fuerza y silencio, hacía mi cada tanto. No lograba asirla sin que se escapara en los confines de mi mente. El humo del café (el tercero o el cuarto de esa mañana convertida mediodía convertida tarde) subía despacio, ajeno al temor que se anudaba en mis venas. El ruido me enajenaba de a momentos, y al instante siguiente me volvía sensible a toda esa excitación veraniega que clamaba afuera: Los pasos, el murmullo del aire acondicionado, el ventilador girando. Todo. Y vi como el gordo entraba por la puerta.

Cerré la libreta, suspirando. Necesitaba de esa palabra. Lo más pronto posible

January 16th, 2008 | Nadie pidio la palabra

Diario: Día 4 - Tarde

Día 4 – Tarde

“Tired of lying on the sunshine
staying home to watch the rain
You are young and life is long
and there is time to kill today”

Pink Floyd - Time

No se deja abatir, el infierno este de llamas azules. Eso que estoy acá tirado, mirando mi reflejo palpitando erróneo por encima del zumbido del ventilador y del apagado murmullo del aire acondicionado. Por la ventana entran, como en toda la ciudad, ruidos, voces, risas y hasta lágrimas escondidas en palabras cargadas de dolor. Sudado, con ella tirada mirándome al lado, así son las cosas que les viene a uno a la cabeza en momentos de quietud siestera.

Le tendí el papel a la mujer esa en el café, y salí caminando, en busca de entretenerme con alguna vidriera o viendo alguna película. Pequeños vicios que habían quedado en segundo plano, relegados dentro del ámbito de la convivencia en pareja. Sacrificios que resultaban necesarios, en su momento, para tratar de conllevar esa empresa ardua denominada “noviazgo”. No los extrañé, ahora que pienso que tengo mis biblioteca semi vacía, mis dvds prestados, mis comics archivados vaya a saber donde, mis cds “digitalizados” porque los originales no recuerdo el estante donde los había dejado. Hasta que todo salto al carajo, digamos.

Pero ya está. A 4 días ya. O 5, como quieran verlo. Ahora, por esas extrañas circunstancias, contemplo una silueta borrosa entre las colchas, al lado de la mía, mediante un espejo que está pegado en el techo. Su respiración cálida se siente sobre mi hombro, y sus ojos contemplan mi sien esquiva y una mirada pensativa de ojos celestes, que se entretienen en el espejo. De entre las sábanas, se insinúan deseos mal contenidos y voluntades plagadas de flaqueza, disfrazadas en esos senos turgentes de piel dorada, en el pubis palpitante y en las caderas hirvientes de un placer, que en su momento supo a gloria y que ahora tiene un gusto bastante amargo.

Córdoba es una ciudad difícil para los enamoradizos.

No soy una persona a la que le pasen estas cosas. Por eso las dudas y las cavilaciones. Por eso me pierdo en mi propia mirada, en vez de recorrer de vuelta su cuerpo y dejar todas estas preocupaciones de lado, por un mísero rato aunque fuera. Pero no. No puedo sacarme de la cabeza el sentimiento que hay alguien que está anotando todo esto para pasar a cobrarlo, tarde o temprano, y ese quien sea va a cobrar un poco de más, usando no sé qué excusa.

Me acaricia la cara y la miró. Dejo de parecer egoísta para tratar de comprender que mierda ha pasado en sus ojos. Son preciosos, de un color avellana vibrante. Brillan y no puedo evitar sonreír como un pelotudo, y sus labios también se curvan en una sonrisa. Me siento pelotudo hasta escribiendo esto como si fuese una confesión o algo por el estilo. La besé, y fue uno de los besos más maravillosos de mi vida, llenos de una pasión que en los últimos días había perdido y que, desde que se había ido, creía sepultada sin remedio alguno.

Córdoba es dura e incomprensible para los escépticos.

Me tumbé sobre ella y matamos las horas terminales de la tarde, que empezaba a irse. En esos momentos no importan los minutos, los llamados que puedan estar resonando en un departamento vacío o el calor aplastante que nos golpeará a la salida. Todo se puede postergar, y no existen esas cosas llamadas “compromisos ineludibles”. Para todo hay tiempo, para todo hay excusa. Nunca las 24 horas nos quedan chicas, y las veces que deseamos con fervencia que el día tendría que tener dos o tres horas más es para que podamos seguir haciendo lo que tanto nos gusta, durante dos o tres horas más.

No sé en que momento, hartos de reírnos, recorrernos, besarnos, lamernos, modernos, etcétera, decidimos salir de vuelta a ese infierno que nos volvía anónimos. Lucía diferente y caminamos charlando las pelotudeces de siempre. Las elecciones, la inflación, el estado de las calles. Temas que les importan a los cordobeses. Llegamos al Paseo del Buen Pastor y nos apoyamos de espaldas a los chorros de agua que subían y bajaban, siguiendo de una forma imprecisa e irregular, pero hermosa, los vaivenes sonoros de una obra, que desconozco, pero de indudable belleza.

Acaricié su pelo, donde se detenían algunas gotas de una lluvia invisible, y vi un olvido pronto tanto en sus ojos como en los míos. Teníamos nuestros números, nos habíamos dado la forma en que podíamos encontrarnos, pero algo nos decía que no nos íbamos a volver a encontrar, por mucho más que lo intentáramos.

Córdoba es implacable con los derrotistas.

- Me voy – dijo, con su mano agarrada a la mía y apoyada sobre la baranda. Su mirada seguía iluminante y no pude hacer otra cosa que hacer, mas que dejarla perderse entre la multitud que bajaba hacía la Irigoyen, mientras quedaba solo yo mirando los chorros de agua. Las despedidas resultan ser la peor parte de muchas cosas, porque es en los finales en donde se aprecian los momentos que lo han llevado a uno hasta ahí.

Miré mi mano, y ahí estaba el papel que le había escrito hacía el mediodia. “What looks so strong, so delicate”. Al salir yo, ella me siguió motivada por esa pequeña frase de extraña alegoría. No sé que me impulsó a escribirla, que me movió a dársela, que hizo que todo saliera del modo en que las cosas terminaron saliendo.

Bajo la luz que ilumina estos monumentos, y frente al agua que sube y baja junto a un compás ajeno a estas almas, esas cosas carecen de importancia. Ya habrá tiempo para justificar con sobra los minutos perdidos en esta secuencia errática a la que llamamos días.

Se acercó de vuelta entre la multitud y se apoyó sobre mi brazo. Me miró juguetona, y disparó a quemarropa.

- Me había olvidado de decirte mi nombre.

Keep holding on…

December 14th, 2007 | Nadie pidio la palabra

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