Revanchas
Ayer sentí en mi alma una de las alegrías más contradictorias de las que pueda tener memoria. Uno de esos momentos en el que tuve que tragarme muchas de mis palabras y sentirme feliz por habermelas tragado. Porque aun no me termina de convencer. Porque, a pesar del penal de ayer y del gol histórico con el que nos convertimos el único campeón internacional de Córdoba (por mucho que les duela a los hinchas de Belgrano), Julián Maidana aun no me cierra como el “ídolo” de Talleres. Ese puesto le corresponde a Oste, Zelaya y a Willington. Podría ir Garay, pero después de la desastrosa campaña de Gareca, fue. Al menos para mí.
Fue una tarde especial. Hacía mucho que no sufría así. La eliminación de River en la Libertadores por parte de San Lorenzo fue otra cosa. Lo viví de otro modo. La incredulidad me impedía sufrir como otras veces. Era de no creer y no había espacio para otra cosa que no fuera ese sentimiento. Era ver unos putos extraterrestres tomando Buenos Aires. Por eso no había lugar para el sufrimiento.
Ayer no fue así. Para nada.
Con la T se sufre de otro modo. No sé porque. Tal vez porque el azul y blanco los tengo más adentro que a la banda y por esa razón cualquier discusión con algún hincha de Belgrano o Instituto termina en “che, callate gil otario” o algo por el estilo.
Se sufre de un modo casi religioso, como casi en todos los deportes. Más que en un Mundial. Y eso de seguro. Porque en el Mundial tenemos excusas cuando perdemos y le hechamos la culpa al manco de Abondanzzieri que sale a cazar mariposas, al zombi de Riquelme por no levantar las patas y parecerse a un bicho horrible escapado de una peli de Romero, o al pelado de Cambiasso por no saber patear un penal. Y por encima de eso, por cobrar millonadas y no hacer bien su laburo. En esas épocas tenemos un millón de excusas para gambetear admitir el fracaso, y las usamos desvergonzadamente.
Con el fútbol de clubes no es así, porque al club se lo aguanta a muerte. Aún de pasar en cuatros años de haber clasificado a dos copas internacionales, haber salido terceros, a estar peleando el descenso a la tercera divisional, se lo sigue aguantando, mordiéndose los codos y sufriendo porque el de la radio dice muchos nombres del equipo, pero ninguno coronado por el magnífico gol.
Pero el fútbol, sin excepción de clases, da revancha. A los grandes y a los chicos, a los que cuatro años de sequía les significa nervios, pero también a los que cuatro años de horrores les significa algo como un cancer terminal.
River vivió ese milagro, pero más impresionante es a mi parecer lo de Maidana, el dos de la T.
Julián Maidana es grande ya. 38 años, creo. Un dinosaurio para el fútbol y que está gastando ya sus últimos partidos, defendiendo la camiseta que lo hizo grande.
Julián tuvo el primer coqueteo fuerte con la hinchada cuando en 1999 desató la euforía en las tribunas del Chateau Carreras y cuando puso lo que hubo que poner dos años más tarde en las tierras aztecas, por la Libertadores. Fue parte también del glorioso plantel que llegó a los cuartos de final de la Mercosur. Fue parte de una camada dorada.
Ahora volvó, en la etapa más necesitada de la T. Pero el rendimiento no fue el esperado.
Por eso, hace cuatro semanas, le quisieron reincindir el contrato desde la gerencia y el técnico (Comizzo, un tipo que siempre me cayó para el culo) lo bajó del equipo. Pero, por esas casualidades que manejan el destino, las sanciones y la calculadora del promedio, Comizzo tuvo que llamarlo para que jugara el partido de este triste sábado.
Un partido trabado, con Talleres atacando durante los noventa minutos, pero con el grito de gol atragantado hasta casi el final, fue el escenario en donde sólo la reinvindicación de un grande podía darse.
Primero fue gol, y lo anularon (mal anulado). Y él pidió patear.
Una de sus últimos roces con la etiqueta de héroe y su última probada, tal vez, al sabor de la revancha. Ahora espera Racing (de nueva italia), y yo espero haber estado equivocado todo este tiempo en el que no me convenciste, Julián.
Porque sos grande, muy que me pese, y porque siempre podés dar un poco más por ese club que te dio tantas cosas, aunque te haya dado la espalda durante estos últimos tiempos.
Yo te ofrezco mis disculpas. La Boutique te ofrece la gloria
¿Aceptas?




